Era un hombre alto, esbelto, de pelo blanquísimo peinado en cuidadosas ondas hacia un lado indefinido, sombrero porteño, y bastón. Caminaba muy erguido, y a sus ochenta años todavía no salía de casa sin pasar dos veces ante el espejo:
- ¿voy bien así?
- claro Mateo, siempre vas bien- los ojillos verdes chispeantes de mi abuela Juanita sonreían divertidos, y se secaba las manos en el delantal antes de besar la frente alta de su marido.
Mi abuelo conoció a la mujer de su vida un junio caluroso de 1923, con sus veintidós años recién cumplidos, desembarcaba de las américas para poder prestar servicio militar a la patria y no convertirse en prófugo, lo que le hubiese privado de volver a su amada isla de por vida, o eso creyó él entonces. A Juanita la vio paseando una mañana fresca de verano, una mujer alta para la media de la época, de negrísimo pelo rizado peinado en una coleta tan larga que le llegaba a las cintura. Le sorprendió, en esa época nadie se soltaba el pelo, y en efecto ella avergonzada bajó la vista tratando de remediar el desastre de su peinado. En esa calle del centro de la ciudad y durante ese minuto mi abuelo quedó prendado de los ojillos sonrientes y la larga melena de Juanita, y fue tal su impacto que se acerco sencillamente a preguntarle el nombre, y el apellido, para poder saber dónde vivía.
Mi bisabuelo, que fue platero y enseñó a leer y a escribir a todos los niños del barrio, tuvo que distraer su lectura para atender las peticiones de un joven soldado raso que se confesaba loco de amor por su hija menor a la que había viso un instante. Alzó una ceja, luego otra, y le pregunto:
- ¿Vas a volver a América?
- Y bueno, quizá cuando acabe el servicio militar.
- En ese caso te prohíbo que te acerques a Juanita.
Atónito, Mateo se le quedo mirando implorante como quien pierde el último barco hacia la felicidad.
-¿Y si le prometo que no habré de partir jamás?
- ¡Júralo!
- Lo, lo juro- respondió azorado ante lo poco cristiano de la petición.
-Entonces eres bien venido a nuestra casa.
Triunfante salió el soldado, sonriendo al viento y despidiéndose para siempre de América.
Durante ocho largos años, mis abuelos se cortejaron, hablaron, aprendieron a respetarse y se amaron hasta que contrajeron matrimonio en 1931.
Con la pequeña fortuna que se trajeron mi abuelo y sus hermanos de Argentina compraron un almacén en el puerto de Maó y se dedicaron al transporte de coloniales. De su amor nacieron tres hijas, una murió a los tres años de edad, y como la naturaleza quiso resarcir de la pérdida a Juanita, aunque mucho más tarde, nació un varón que heredaría, junto a la mayor de las hermanas, el negocio familiar.
De mi abuelo recuerdo sobre todo que debía pesar lo que comía, un agujero en la tripa, me contaba cuando yo era pequeña, tengo un agujero tan grande que debo comer despacio y siempre con cuidado meterme los alimentos en la boca. En la cocina azul mi abuelo cortaba en mínimos pedacitos remolachas, cebollas, lechugas, tomates. Yo lo contemplaba fascinada y puedo asegurar que jamás le toqué la barriga, tanto miedo tenía de hacerle daño. Él me daba trocitos de remolacha y yo con las manos muy limpias podía colocarlos donde quisiera en el plato y comerme alguno cuando se descuidaba. Mi abuela, a quien recuerdo siempre atareada, me contaba el cuento de un joven que escribiendo una sola carta de amor enamoró a las tres hermanas de un palacio lejano, cada una puntuando las frases a su antojo creía ser era ella la afortunada.
Mis abuelos eran ya muy mayores para mi memoria, y cuando él enfermó yo era demasiado pequeña para entrar a visitarle. Murió a los ochenta y cuatro años, de viejo, de cansado. Y desde la cama del hospital le contaba a mi abuela cuanto iba a gustarle Argentina, lo preciosa que era la tierra, lo riquísimo que se comía allí, las gentes...le cogía la mano y sonriendo le decía que por fin, por fin habían embarcado de vuelta a la tierra que no hubo de olvidar jamás.

2 comments:
Amiguisima...Es hermosa , hermosisima esta historia que me pone la piel de gallina y la cresta de gallo...Tal vez el Mateo tuvo algo que ver con nuestro encuentro y con tu inquietud por la Argentina....
Vaya, hacía días que no me perdía en tu mundo y me ha encantado esta bella historia. Pude verte de pequeña disponiendo trocitos de remolacha en un plato con mucha atención y a tu abuelo mirando más allá de sus ojos esa tierra que quedó prometida. Me conmoví...y me imagino cuántas cosas te quedan por contar, amiga...
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