Thursday, March 15, 2007

all about my granpa

Era un hombre alto, esbelto, de pelo blanquísimo peinado en cuidadosas ondas hacia un lado indefinido, sombrero porteño, y bastón. Caminaba muy erguido, y a sus ochenta años todavía no salía de casa sin pasar dos veces ante el espejo:
- ¿voy bien así?
- claro Mateo, siempre vas bien- los ojillos verdes chispeantes de mi abuela Juanita sonreían divertidos, y se secaba las manos en el delantal antes de besar la frente alta de su marido.
Mi abuelo conoció a la mujer de su vida un junio caluroso de 1923, con sus veintidós años recién cumplidos, desembarcaba de las américas para poder prestar servicio militar a la patria y no convertirse en prófugo, lo que le hubiese privado de volver a su amada isla de por vida, o eso creyó él entonces. A Juanita la vio paseando una mañana fresca de verano, una mujer alta para la media de la época, de negrísimo pelo rizado peinado en una coleta tan larga que le llegaba a las cintura. Le sorprendió, en esa época nadie se soltaba el pelo, y en efecto ella avergonzada bajó la vista tratando de remediar el desastre de su peinado. En esa calle del centro de la ciudad y durante ese minuto mi abuelo quedó prendado de los ojillos sonrientes y la larga melena de Juanita, y fue tal su impacto que se acerco sencillamente a preguntarle el nombre, y el apellido, para poder saber dónde vivía.
Mi bisabuelo, que fue platero y enseñó a leer y a escribir a todos los niños del barrio, tuvo que distraer su lectura para atender las peticiones de un joven soldado raso que se confesaba loco de amor por su hija menor a la que había viso un instante. Alzó una ceja, luego otra, y le pregunto:
- ¿Vas a volver a América?
- Y bueno, quizá cuando acabe el servicio militar.
- En ese caso te prohíbo que te acerques a Juanita.
Atónito, Mateo se le quedo mirando implorante como quien pierde el último barco hacia la felicidad.
-¿Y si le prometo que no habré de partir jamás?
- ¡Júralo!
- Lo, lo juro- respondió azorado ante lo poco cristiano de la petición.
-Entonces eres bien venido a nuestra casa.
Triunfante salió el soldado, sonriendo al viento y despidiéndose para siempre de América.
Durante ocho largos años, mis abuelos se cortejaron, hablaron, aprendieron a respetarse y se amaron hasta que contrajeron matrimonio en 1931.
Con la pequeña fortuna que se trajeron mi abuelo y sus hermanos de Argentina compraron un almacén en el puerto de Maó y se dedicaron al transporte de coloniales. De su amor nacieron tres hijas, una murió a los tres años de edad, y como la naturaleza quiso resarcir de la pérdida a Juanita, aunque mucho más tarde, nació un varón que heredaría, junto a la mayor de las hermanas, el negocio familiar.
De mi abuelo recuerdo sobre todo que debía pesar lo que comía, un agujero en la tripa, me contaba cuando yo era pequeña, tengo un agujero tan grande que debo comer despacio y siempre con cuidado meterme los alimentos en la boca. En la cocina azul mi abuelo cortaba en mínimos pedacitos remolachas, cebollas, lechugas, tomates. Yo lo contemplaba fascinada y puedo asegurar que jamás le toqué la barriga, tanto miedo tenía de hacerle daño. Él me daba trocitos de remolacha y yo con las manos muy limpias podía colocarlos donde quisiera en el plato y comerme alguno cuando se descuidaba. Mi abuela, a quien recuerdo siempre atareada, me contaba el cuento de un joven que escribiendo una sola carta de amor enamoró a las tres hermanas de un palacio lejano, cada una puntuando las frases a su antojo creía ser era ella la afortunada.

Mis abuelos eran ya muy mayores para mi memoria, y cuando él enfermó yo era demasiado pequeña para entrar a visitarle. Murió a los ochenta y cuatro años, de viejo, de cansado. Y desde la cama del hospital le contaba a mi abuela cuanto iba a gustarle Argentina, lo preciosa que era la tierra, lo riquísimo que se comía allí, las gentes...le cogía la mano y sonriendo le decía que por fin, por fin habían embarcado de vuelta a la tierra que no hubo de olvidar jamás.

Monday, March 12, 2007

En la ciudad del agua

En la ciudad del agua apenas llovió esta semana, y llevaba tanto tiempo sin visitarlo! Fueron cinco años los que tarde en volver. Ahí, pensé, debo volver porqué dejé a alguien muy querido. Y asi fue como escalé el globo en un avión de juguete y aterricé haciendo malabarismos en la frontera alemana.
Mi amigo llegó muy tarde, tanto que pensé que se habia olvidado y me embargó una tristeza premonitoria. Peró llegó y nos abrazamos:
- qué tal? cómo estás?- nos autobalbuceamos en un inglés oxidado, pronto me di cuenta de que lo recordaba más bajo, más delgado. Su pelo tan corto...sus manos...en sus ojos no vi el brillo de antaño sino algo desconocido. Entre las únicas gotas de agua llegamos a su casa en pleno bosque, y pronto la madera húmeda me devolvió una sensación de desasosiego. Tomamos vino esa noche y hablamos de las cosas que no importan. Me acosté temprano y a la mañana siguiente no tenía ganas de encontrarle en la cocina:
-"dónde estás"?, pensé- y sin darme cuenta vagué por el bosque y me perdí en la lluvia, y asi como había tardado tanto en llegar se le olvidó venir a buscarme.
Entré en la casa helada, me recibió con una sonrisa, cenamos y se fue pronto a la cama. Desde el comedor oí el rugido de un televisor desengañandome de su cansancio. Esa noche subí al altillo helado en el que dormía, y los dos días venideros no fueron más que muchas ganas de salir de ahí. Lejos de un pueblo, dos kilómtros de la más mínima señal de vida, anduve entreteniendo la soledad en paseos muy verdes y arboles frondosos que, sin quererlo, terminaron por aburrirme. La mañana de mi partida, no podía acompañarme, dijo que me aproximaria al pueblo más cercano, lo dijo como quien dice que debe trabajar al día siguiente.
Desperté al alba, empaqueté con cuidado mis cosas y salí del hermoso lugar a tientas, pronta a recorrer sola un camino que no habré de desandar.
Que tontería recorrer mil kinientos kilómetros para el entierro de una amistad, pensé que los amigos eran eternos.

Thursday, March 01, 2007

La historia de Lulú

Lulú me contó que había estado esperando ese día muchos días. Que sabía que no sería exactamente lo planeado, que quizá la comida no sería tan buena, o la música excelente, que probablemente se habría levantado ojerosa, o que quizá debería echarle muchísimo maquillaje a su rostro cansado.
Todo eso esperaba Lulú de su único día con alguien amado. Pero lo que ocurrió fue algo ajeno, impensable, sencillamente otro:
- me encontré-me dijo con ojos llameantes, llorosos de rabia- con la cara exacta de la persona a la que amo y una realidad ajena a mis sueños. Un alguien fisicamente igual, pero tremendamente con otro comportamiento. Y lo peor de todo, no es que yo me diese cuenta de que era un error, ni vislumbrase que me había equivocado de persona, lo peor de todo es que era él mismo. Él mismo, y en absoluto la persona que yo andaba amando, buscando.
Lulú me contó la historia como quien revela un secreto doloroso, muy próxima a las lágrimas y tan perdida como solía estarlo. De alguna manera, y antes de que eso acabara con ella, Lulú me pidió que la acompañara a hacer las maletas, a tomar un taxi, al aeropuerto.
Hoy me escribió diciéndome que no me preocupara, que todo bien, la soledad y la libertad fueron a recogerla, como de costumbre, con los brazs abiertos.