Las escaleras que conducen a la puerta son anchas, aunque viejas, la casa es tan vieja que ni una sola baldosa puede dejar de sonreir, se amontonan en las esquinas y las paredes acumulan historias húmedas. La ventana da a una calle hermosa, llena de luz, y aunque parece que va a caerse a pedazos daría media vida por poder tenerla. Y no porqué sea en pleno corazón de la ciudad, ni porqué sea grande y luminosa, no porqué quede pegada a la de alguien a quien quiero mucho, sino sencillamente porqué es la primer vez que paso por una puerta, la cierro y siento que mis alas quedaron intactas. Al despertar, saco mi cuerpo de debajo el brazo de mi moreno, me doy de bruces contra la ventana, y ando tres pasos hasta la cocina. La cafetera tarda más que yo en darme una ducha relámpago y es todo tan mínimo que recojo en los tres minutos que tardo en vestirme. Salgo a la calle, me pongo las alas y me voy volando hasta una playa vacia, hace frío tan temprano, y seguirá haciéndolo hasta que quede abarrotada milímetro a milimetro. Me siento en la arena, después de haber dejado bien candada la bici. Toco con las puntas de los dedos un agua que no es mi mar.
Estoy sola, en la playa, en la arena, y en este maldito mundo. Amo sobre un suelo movedizo, y sólo veo interrogantes en los rostros de las personas, apenas me reconozco en el cristal sucio de una tiendecita de la barceloneta. Me pido un café y no sé como dejar de preguntarme que coño pinto yo en todo esto. Si solo quería ver, viajar, sentirme libre...y estoy a un punto de atarme con los peores grilletes: los míos.
Thursday, November 30, 2006
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